Un hombre que creíamos completamente inconsciente había escuchado toda la conversación. Permaneció inmóvil, pero en algún lugar, dentro de su cuerpo, estaba presente. Prisionero del silencio y de una verdad que nadie se atrevía a afrontar.
Nos miró a ambos.
Había gratitud en sus ojos.
Y también culpa.
Fue entonces cuando comprendí algo.
Hay verdades que se ocultan no porque alguien quiera mentir.
Sino porque duelen tanto que nadie encuentra el valor para enfrentarlas.