Pensó Que Eran Ladrones… Al Ver Sus Rostros Rompió A Llorar Y Les Entregó Todo Lo Que Tenía

Pensó Que Eran Ladrones… Al Ver Sus Rostros Rompió A Llorar Y Les Entregó Todo Lo Que Tenía

—Perdone, señorita —dijo el anciano con voz quebrada—. No queríamos robar. Solo necesitábamos pasar la noche. Nos vamos ahora mismo.

Marina los miró.

No vio amenaza. Vio hambre. Vio cansancio. Vio una dignidad rota por la vergüenza.

—¿Han desayunado?

Los 2 ancianos se miraron sin responder.

Marina respiró hondo.

—Vengan a la casa.

—No queremos causarle problemas —susurró la mujer.

—Ya hace demasiado frío para fingir que no los vi.

Minutos después estaban sentados en la cocina. Marina encendió el fogón, calentó café de olla con canela y piloncillo, sacó tortillas, frijoles refritos, queso fresco y un poco de pan dulce que había comprado el día anterior.

Los ancianos intentaron comer con educación, pero el hambre terminó ganando. La mujer lloró en silencio al probar el primer bocado.

—Me llamo Jacinto Herrera —dijo el hombre después de un rato—. Ella es mi esposa, Remedios.

—Yo soy Marina.

—No nos pregunte más por ahora, hija —pidió Remedios—. Hay dolores que todavía no nos dejan hablar.

Marina asintió. Conocía ese tipo de dolor. Desde la muerte de sus padres, había aprendido que algunas heridas no se cuentan, se cargan.

Durante el día, Jacinto insistió en ayudar a reparar una cerca, aunque se notaba que el cuerpo no le obedecía como antes. Remedios lavó platos y ordenó la cocina con una naturalidad que hizo que la casa pareciera habitada de nuevo. Marina, acostumbrada al silencio, se sorprendió al escuchar voces en los pasillos.

Por la tarde les ofreció una habitación pequeña que usaba para guardar cobijas y cajas. Tenía una cama angosta, una ventana hacia los pinos y una imagen vieja de la Virgen de Guadalupe en la pared.