A la mañana manejé hasta la casa de mis padres. Fui con una idea ingenua: hacerlos entender. No pedirles que me pidieran perdón, porque ya no era tan inocente. Solo quería que entendieran que estaban repitiendo conmigo y con mi hija la misma historia de siempre.
Mi papá abrió la puerta con una playera del Atlas y el gesto desconfiado que reservaba para los problemas.
—Andrés. Qué temprano.
—Tenemos que hablar.
En el pasillo, las fotos de la pared me golpearon una por una. Ricardo levantando un trofeo. Mateo con casco. Mateo con mi papá. Ricardo en la universidad que nunca terminó. Más Mateo. Más Ricardo.
Valeria, una sola foto pequeña.
Mi mamá estaba en el jardín cortando rosas, con guantes blancos y aretes de perla, como si la vida fuera una misa elegante.
—Quiero que me expliquen de frente por qué me pidieron no celebrar a mi hija —dije.
Mi mamá dejó las tijeras sobre la mesa.
—Sabía que lo ibas a tomar mal.
—No hay forma buena de tomarlo.
Mi papá se colocó junto a ella. Siempre hacían eso: se alineaban como equipo cuando yo me atrevía a cuestionarlos.
—Nadie dijo que no la celebraras —dijo él—. Solo que pensaras en el momento. Mateo necesita confianza.
—Valeria trabajó cuatro años para esto.
—Y tendrá más oportunidades —dijo mi mamá—. Ella siempre sale adelante.
Me reí una vez. Fue una risa amarga.
—Eso decían de mí.
Mi papá frunció el ceño.
—No empieces con cosas viejas.
—No son viejas si se las están haciendo a mi hija.
Entonces empecé a enumerar. El cumpleaños número quince de Valeria al que llegaron tarde porque Mateo tenía entrenamiento. La feria de ciencias que ignoraron. La Navidad en la que a Mateo le regalaron una laptop y a Valeria una tarjeta de regalo con el precio todavía pegado. La ceremonia de lectura a la que no fueron porque Ricardo necesitaba ayuda con una mudanza.