Dos palabras secas, frías, como si le hubiera contado que había cambiado de compañía de internet.
Tragué saliva.
—Vamos a hacerle una fiesta de graduación. Algo bonito. Familia, amigos, sus maestros. Queremos que vayan tú y mi papá.
Otra pausa.
Esta vez la pausa pesó diferente.
—Hijo… ¿Ricardo ya te habló?
Fruncí el ceño.
—¿Por qué Ricardo tendría que hablarme sobre la graduación de mi hija?
Mi mamá suspiró, como si yo estuviera siendo complicado.
—Es Mateo. Por fin quedó en el equipo titular. El entrenador dice que tiene mucho futuro. Tu papá está feliz.
Mateo era mi sobrino. Tenía la misma edad que Valeria. Y aunque no era mala persona, toda la familia lo había colocado en un trono desde que nació.
—Me da gusto —dije—. Pero ¿qué tiene que ver eso con Valeria?
—Pensábamos que tal vez no sería bueno hacer tanto escándalo ahorita —dijo mi mamá con cuidado—. Mateo por fin tiene algo suyo. Valeria siempre saca premios, siempre destaca. Mateo necesita sentirse importante. Él merece el reflector por una vez.
Sentí que la oficina se quedaba sin aire.
—¿Me estás pidiendo que no celebre a mi hija porque Mateo entró al equipo?
—No lo hagas sonar feo, Andrés.
—Es feo.
—Hay niños que necesitan más ánimo. Valeria no lo necesita tanto.
Miré la foto que tenía sobre mi escritorio: Valeria a los ocho años, sin dos dientes, sosteniendo una medalla de ciencias. Mis padres tampoco habían ido ese día. Mateo tenía torneo.
—Vamos a celebrar a Valeria —dije despacio.
—Podrían venir a la comida de Mateo este sábado —insistió—. Ahí ella puede mencionar su noticia.