Rodrigo amplió la imagen.
La cámara no alcanzaba a grabar el celular de frente, pero el reflejo en el cristal de una vitrina sí mostraba parte de la pantalla.
Había mensajes de un número desconocido.
“Ya movimos el dinero de la fundación.”
“La cuenta en Panamá queda limpia el viernes.”
“Tu esposo no sospecha nada.”
Rodrigo sintió náuseas.
La fundación Santillán pagaba cirugías, tratamientos y medicamentos para niños sin recursos. Millones de pesos pasaban por esa institución cada año. Si Valeria estaba desviando dinero, no solo le estaba robando a él.
Le estaba robando a niños enfermos.
Volvió a reproducir el video.
Lucía había visto esos mensajes. Valeria debió notarlo después. Y si Lucía hablaba, toda la imagen perfecta de Valeria se venía abajo.
Por eso la acusó.
Por eso la humilló.
Por eso la hizo salir esposada frente a los niños.
De pronto, Rodrigo escuchó tacones acercándose por el pasillo.
Cerró la pantalla de seguridad y abrió una hoja de cálculo cualquiera justo cuando Valeria entró al despacho con una copa de vino.
—¿Sigues trabajando? —preguntó, fingiendo ternura.
—No podía dormir —respondió Rodrigo.
Valeria sonrió.
—Fue un día horrible. Pero era necesario. Esa mujer estaba demasiado cerca de los niños.
Rodrigo la miró sin parpadear.
—Mañana hablaré con la policía.
—Hazlo —dijo ella—. Y asegúrate de que no salga fácil. Quiero que aprenda.
En ese instante, Rodrigo entendió que ya no estaba frente a su esposa.
Estaba frente a una enemiga viviendo bajo su mismo techo.
Y ella todavía no sabía que él acababa de encontrar el primer hilo de toda su mentira.
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