La recuperación duró varias semanas.
El cemento fue retirado con cuidado.
La construcción fue revisada.
Algunos lugares tuvieron que ser reconstruidos.
Cada vez que entraba al patio, sentía una extraña mezcla de ira y tristeza.
Quería que terminara.
Quería volver a ver reír a los niños.
Un día, mi hijo mayor se me acercó.
“Mamá, ¿volverá a ser como antes?”
Lo abracé.
“Sí.”
“Ciertamente;”
“Ciertamente.”
Y finalmente llegó el día.
La piscina ya estaba lista de nuevo.
No era exactamente como antes.
En algunos lugares, la reparación era evidente.
Pero eso no importaba.
Porque cuando los niños vieron el agua, comenzaron a gritar de alegría.
Corrieron hacia la piscina.
Y durante unos minutos, el mundo entero pareció normal.
Me quedé a un lado y los observé.
Por un instante, miré el lugar donde Steve solía sentarse.
Y casi me pareció oírle decir:
“Ya te dije que tendrían un lugar donde reírse.”
Sonreí entre lágrimas.
Entonces oí pasos detrás de mí.
Era Marlene.
Se quedó de pie al borde del patio.
No entró.
Él no gritó.
No se quejó.
Solo miren a los niños.
“Es precioso”, dijo.
Me giré hacia ella.
“Sí.”
“Quiero disculparme contigo.”
No dije nada.
“No solo para la piscina”, continuó. “Para todo”.
Respiró hondo.
“Por las rosas. Por los adornos. Por los niños. Por todo lo que te dije porque creía que debías vivir según mis reglas.”
La miré.
“Tu disculpa importa.”
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
“¿Disculpe?”
Lo pensé por un momento.
“Te perdono.”
Me miró sorprendida.
“Pero eso no significa que lo olvide.”
Él asintió.
“Entiendo.”
Él la obligó a marcharse.
Entonces mi hijo menor gritó:
“¡Mamá! ¡Vamos!”
Miré a Marlene.
“Tengo que irme.”
“Ir.”
Corrí hacia los niños.
Y por primera vez en mucho tiempo, no sentí la necesidad de disculparme porque mis hijos se rieran.
Esa tarde, el patio volvió a llenarse de voces.
Con salpicaduras.
Con risas.
Con la vida.
Y esta vez, nadie intentó detenerlos.
Miré la piscina y me acordé de Steve.
Comprendí que Marlene finalmente podía verter cemento en el agua.
Podría dañar la superficie.
Podría obligarnos a reconstruirlo todo.
Pero no pudo destruir lo que Steve realmente había dejado atrás.
Nuestros recuerdos.
Nuestro amor.
Y la risa de nuestros hijos.
Y quizás esa fue la lección más importante de todas:
Algunas personas intentan arrebatarte la tranquilidad porque no pueden encontrar la suya propia.
Pero decidí que no iba a dejar que me arrebataran la alegría.