Renata se enteró de la denuncia y convirtió el acoso en guerra abierta. Inventó que Sofía estaba obsesionada con un maestro joven. Crearon perfiles falsos para burlarse de ella. La enfermera de la escuela ya la conocía porque Sofía terminaba ahí tres veces por semana con náuseas, ataques de pánico y dolor en el pecho.
“¿Por qué no nos dijiste?” lloró Mariana.
Sofía los miró con una tristeza que los dejó sin defensa.
“Porque ustedes siempre dicen que uno debe aguantar. Que así es la vida. Y tú, papá…” Su voz se quebró. “Tú nunca estabas.”
Daniel sintió que esa frase le partió el alma.
Entonces preguntó lo que más le quemaba:
“¿Por qué Renata te odia tanto?”
Sofía se quedó quieta.
“Porque dice que tú arruinaste la vida de su mamá. Dice que ahora me toca pagar a mí.”
Mariana giró lentamente hacia Daniel.
“¿Conoces a esa mujer?”
Daniel se quedó sin color.
Sí. La conocía.
Dieciocho años atrás, antes de casarse con Mariana, Daniel había tenido una relación intensa y destructiva con Patricia Salcedo. Eran jóvenes, orgullosos y crueles. Él terminó con ella de la peor manera: desapareció, la humilló frente a amigos y nunca le dio una explicación.
Creyó que el tiempo borraba todo.
No imaginó que aquel veneno volvería años después para caer sobre su hija.
Mariana se levantó temblando de rabia.
“¿Una mujer adulta dejó que torturaran a mi hija por una venganza vieja?”
Daniel no pudo responder.
A la mañana siguiente, a las siete, los tres entraron a la dirección de la preparatoria.
Patricia Salcedo estaba sentada junto al director, impecable, con una sonrisa fría.
“Estos conflictos entre adolescentes deben tratarse con calma,” dijo el director.
“Se nos acabó la calma ayer,” respondió Mariana.
Daniel puso sobre el escritorio una carpeta llena de capturas, reportes médicos, faltas injustificadas y mensajes anónimos.
Patricia apenas los miró.
“Las muchachas de hoy exageran todo.”
Mi vecina me tomó del brazo y susurró: “No tienes idea de lo que está pasando dentro de tu casa.” Pensé que era puro chisme… hasta que me escondí debajo de mi propia cama y escuché a mi hija llorar: “Por favor, ya déjenme en paz.”