Repetí el audio tres veces, como si mi mente se negara a aceptar que Alejandro y su madre habían planeado todo con tanta frialdad. No era solo una mentira. Era una trampa para quebrarme otra vez, para hacerme volver de rodillas a esa casa.
Mientras Lucía dormía abrazada a una almohada del hotel, abrí el chat de Marcos y le mandé los audios. Minutos después, él respondió:
“Valeria, esto sirve. Pero hay algo más grave. Revisa el PDF que te envié.”
Era un estado de cuenta de Alejandro de los últimos 3 años. Al principio no entendí. Luego vi la misma fecha repetida cada mes: día 5, transferencia a Rosa María Salgado. Cantidad: 40,000 pesos. Concepto: apoyo para mamá.
Cuarenta mil pesos al mes.
Durante 36 meses.
Un millón cuatrocientos cuarenta mil pesos.
Yo había usado los mismos tenis rotos por 2 años. Había pedido fiado en la farmacia cuando Lucía tuvo fiebre. Había dejado de comprarme ropa interior nueva para que alcanzara para leche. Y mientras tanto, mi esposo le entregaba a su madre la mitad de su sueldo.
Le escribí a Marcos con los dedos temblando.
“¿Ese dinero cuenta?”
Su respuesta llegó enseguida:
“Sí. Ustedes están casados por sociedad conyugal. Ese dinero también te pertenece. Si lo desvió sin tu consentimiento, podemos exigir liquidación y medidas precautorias.”
Lloré en silencio, pero fueron las últimas lágrimas que le regalé a Alejandro.
A la mañana siguiente, doña Rosa me mandó una foto de su pierna vendada y tres audios fingiendo debilidad.
—Hijita, perdóname si te hablé feo. Me duele mucho. Estoy sola. Vuelve con Lucía, por favor.
Amplié la foto y me reí.
En el espejo del cuarto se veía a doña Rosa sentada con las piernas cruzadas, maquillada y con aretes enormes de perlas. Los dedos del pie estaban perfectos, sin hinchazón, sin moretones, con restos de esmalte rojo mal borrado.
Le marqué por videollamada. Tapó la cámara.
—Ay, Valeria, qué dolor…
—Doña Rosa, si de verdad se fracturó, ¿por qué sus dedos no están inflamados? Y para la próxima, quítese los aretes de perlas antes de actuar.
Del otro lado hubo silencio. Después, un grito.
—¡Malagradecida!
Colgó.
Cinco minutos después llamó Alejandro.
—¿Estás loca? ¡Mi mamá casi se desmaya por tu culpa!
—No, Alejandro. Se asustó porque la caché.
—Voy a denunciarte por secuestro de menores.
—Hazlo. Y de paso enséñales a los policías el yeso falso de tu mamá.
Su respiración cambió. Por primera vez, sonaba inseguro.
Entonces solté la cifra.
—También podemos hablar de 1,440,000 pesos. ¿Quieres explicarme por qué le transferiste 40,000 pesos mensuales a tu madre mientras a Lucía y a mí nos dabas 3,000 para sobrevivir?
El silencio fue total.
—¿Cómo conseguiste eso? —susurró.
—Eso no importa. Lo importante es que voy a recuperar hasta el último peso.
Esa tarde Alejandro volvió a llamar, pero ya no gritaba. Lloraba.
—Valeria, ayúdame. Mi tío Roberto me demandó. Dice que le debo 1,000,000 de pesos por un pagaré.
Roberto era hermano de doña Rosa.
Alejandro confesó entre sollozos que 3 años antes su tío lo convenció de firmar un pagaré para una supuesta inversión en terrenos en Puebla. Doña Rosa le dijo que le pasara a ella 40,000 pesos al mes y que ella se encargaría de pagarle a Roberto.
—Pero mi mamá no le dio nada —dijo Alejandro—. Roberto quiere embargar la casa. Necesito tus ahorros. Por favor.
—Esa deuda la firmaste tú, sin decirme nada, para un negocio tuyo. No es mía ni de Lucía.
—No tienes corazón.
—No, Alejandro. Lo que ya no tengo es miedo.
Dos días después regresé a la Ciudad de México. En el aeropuerto, Alejandro apareció de golpe, con la camisa arrugada y los ojos rojos. Me agarró la muñeca frente a todos.
—Me das tus ahorros o te quito a Lucía.
Abracé a mi hija detrás de mí, saqué el celular y puse en altavoz la grabación donde él mismo confesaba el pagaré, las transferencias y la participación de su madre.
Cuando su voz empezó a sonar en toda la terminal, Alejandro se puso pálido.
Y justo ahí entendió que la verdad completa todavía no había salido a la luz…
PARTE 3 Continua en la siguiente pagina