Mi padre me abofeteó en el aeropuerto porque me negué a cederle mi asiento de primera clase a mi hermana. Mi hermana se burló: «Eres una egoísta». Mi madre solo sonrió. «Siempre has sido una carga», suspiró. Me toqué la mejilla ardiente, pero no lloré.

Ava estaba rodeada de tres maletas de diseñador enormes, vestida como si ya estuviera de vacaciones, revisando su teléfono, aburrida y desinteresada.

El empleado de la aerolínea, Jordan, le sonrió a Claire. —Señorita Hayes, su ascenso de categoría ha sido aprobado. Tenemos un asiento disponible en Clase Business.

Una oleada de alivio la invadió. —Gracias.

—Un momento, ¿solo uno? —gruñó Ava, dando un paso al frente—. ¿Quién lo toma?

—Se le ha asignado a la titular de la cuenta —dijo Jordan amablemente—. La señorita Hayes.

Ava se giró hacia Claire y le tendió la mano. —Dámelo. Tengo que verme bien cuando aterricemos. Estarás bien en clase económica.

Claire la miró. Luego miró las maletas que había pagado. Y luego su fuerte dolor de cabeza.

—Nata.

La palabra quedó suspendida en el aire.

—¿Qué? —Ava parpadeó.

—Dije que no. Pagué por esto. Me siento.

—No seas egoísta —siseó Diane—. Este viaje es por Ava.

Es adulta. Sobrevivirá.

Mark dio un paso al frente, la ira lo invadió de inmediato. —Dale la silla ahora mismo.

Claire lo miró fijamente a los ojos. Tranquila. Serena.

—No quieres una hija —dijo en voz baja—. Quieres una fuente de información.

Antes de que pudiera reaccionar, movió la mano.

El golpe resonó por toda la terminal.

Por un instante, todo se detuvo.

Claire ladeó la cabeza, sintiendo que se le subía el calor a las mejillas. Pero lo que la golpeó más que el dolor fue darse cuenta: lo que había comenzado como un abuso privado se había convertido en una verdad pública.

Una oleada de conmoción los invadió.

Ava rió. —Te lo merecías.

Diane sonrió levemente. —Siempre es difícil.

Retroceda, señor.

La policía del aeropuerto intervino de inmediato y retiró al individuo.