¿Auditorías? ¡Qué absurdo! Mi empresa no tiene nada que ver con una disputa familiar.
El presidente de Grupo Altamar dio un paso al frente.
Sí, sí lo tiene. Salvatierra Capital obtuvo tres contratos a través de subsidiarias de Grupo Alcázar. Esos contratos quedan suspendidos desde ahora mismo.
Rodrigo abrió la boca.
Su celular empezó a sonar.
Luego sonó el de Valeria.
Después llegó la llamada de uno de sus asistentes, que estaba cerca del mostrador.
Rodrigo no contestó.
Sabía lo que significaban esas llamadas.
Bancos. Los socios. Abogados. La prensa.
Continúa en la página siguiente.
La imagen impecable que había construido sobre mentiras se desmoronaba ante los ojos de todos.
—Mariana —dijo, bajando la voz—, por favor. Podemos hablar. Estamos casados. No puedes destruirme así.
Me tomó del brazo.
Ramiro apareció entre nosotros y retiró su mano con firmeza.
—No toques a la señora.
Rodrigo retrocedió, humillado.
Valeria intentó quitarse el anillo y guardarlo en su bolso, pero una de las abogadas la detuvo.
—Ese diamante fue adquirido con fondos de una cuenta corporativa bajo investigación —explicó—. Le aconsejo que no lo mueva.
Valeria palideció.
—No sabía nada.
—Qué curioso —dije—. Hace una hora, sabías perfectamente cómo escribirme para burlarte de ti misma.
Saqué mi teléfono y le mostré la pantalla.
La foto. El video. El mensaje.
—Esta noche, todos sabrán quién debe estar a su lado.
Varios huéspedes miraron a Valeria con desdén. La seguridad del hotel se acercó discretamente.
Rodrigo, acorralado, hizo lo único que le quedaba por hacer.
Se arrodilló.
Lo hizo allí mismo, en el centro de la sala, delante de empresarios, políticos, cámaras y camareros que fingían no mirar.
—Mariana, perdóname —suplicó—. Me equivoqué. Valeria no significa nada para mí. Estaba confundido. Dame una oportunidad. Eres mi esposa.
Lo miré.