Cuando la enfermera lo puso en mis brazos, lo miré.
Luego miré a mis dos hijas, que estaban a mi lado, y sonreí entre lágrimas.
Y les dije, mientras las abrazaba a todas:
Dios me bendijo con un hijo después de dos hijas… pero la mayor bendición que me concedió fue salvarnos a mí y a mis hijas de un hogar donde la misericordia era una debilidad y la injusticia, un derecho.
Y desde ese día, cada vez que alguien me pregunta qué es lo más valioso que he ganado en todos estos años…
respondo:
Mi dignidad… porque al recuperarla, toda mi vida se restauró con ella.
¡Alabado sea Dios!
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