Mi hija de cinco años siempre se bañaba con mi marido.

Siguió hablándole a Sophie con paciencia, como un hombre que cree que cada uno de sus gestos merece confianza, incluso cuando ya huele a mentira.

Parecía una foto de niños.

Ella estaba acurrucada en la bañera, con las rodillas pegadas al pecho.

No lloraba.

Eso fue lo que más me partió el corazón.

Parecía una niña adiestrada para obedecer.

Cuando abrí la puerta, Mark giró la cabeza lentamente, sin asustarse del todo.

Como si aún creyera que podía explicarlo todo y seguir al mando.

—¿Qué haces? —preguntó.

Ni siquiera sonaba furioso.

Sonaba molesto, como si hubiera interrumpido alguna tarea doméstica, como si yo fuera la intrusa en esa casa.

Saqué a Sophie de la bañera sin pensar en el agua derramada ni en mi ropa empapada.

Simplemente agarré una toalla, la envolví y la abracé fuerte.

Mark se levantó de un salto.

Aún tenía el vaso de papel en la mano.

Vi un polvo blanco pegado al borde mojado, y el temporizador del lavabo seguía contando los segundos.

—No la toques —dije.

Mi voz sonaba tan diferente a la mía que hasta Sophie me miró como si otra mujer acabara de entrar.

Dejó el vaso.

Abrió las manos con ese gesto suyo, el gesto de un hombre razonable.

El gesto que usaba con los vecinos, los profesores, los camareros, los médicos, con cualquiera que quisiera parecer sensato.

—Estás confundiendo las cosas.

Es medicina.

El pediatra dijo que podíamos probar con baños largos para ayudarla a relajarse y con el estreñimiento.

Quise creerlo por un instante.

Lo odié por eso.

Odié que incluso entonces supiera cómo tocar la fibra sensible de mi duda, el punto donde mi miedo buscaba excusas.

Pero Sophie empezó a temblar dentro de la toalla.