Dos semanas después sufrí una grave crisis de preeclampsia.
Mi presión arterial se disparó peligrosamente.
Terminé internada.
El miedo volvió a instalarse.
No por mí.
Por mi hija.
Cuando desperté, Martín estaba sentado junto a mi cama.
Llevaba horas allí.
—No me iré —dijo.
—No tienes por qué hacer esto.
—Sí tengo.
Era la primera vez que veía una determinación tan firme en él.
Y cumplió su palabra.
Aprendiendo a confiar
Durante las semanas siguientes permanecí en reposo absoluto.
Martín reorganizó completamente su vida.
Aprendió a controlar mi presión.
Preparaba mis comidas.
Me acompañaba a cada consulta.
Leía libros sobre embarazos de alto riesgo.
Y nunca volvió a desaparecer.
No me enamoré nuevamente por sus palabras.
Lo hice por sus acciones.
Cada día.
Poco a poco.
La noche más larga de nuestras vidas
Cuando llegué a las treinta y dos semanas de embarazo, acudimos a una ecografía de control.
Todo parecía ir bien.
Pero al salir ocurrió algo inesperado.
El viejo ascensor de servicio quedó detenido entre dos pisos.
Las luces parpadearon.
Luego todo quedó a oscuras.
Intentamos mantener la calma.
Entonces sentí un dolor intenso.
Y después otro.
Y otro más.
Mi cuerpo ya sabía lo que estaba ocurriendo.
—Martín…
Lo miré.
—Voy a dar a luz.
El terror apareció en sus ojos.
—No…
—Escúchame.
Soy médica.
Necesito que me escuches.
Las contracciones avanzaban rápidamente.
La ayuda tardaba demasiado.
Y nuestra hija no podía esperar.