PARTE 2: Al día siguiente, Rodrigo convocó una junta urgente del consejo en la torre de Grupo Salvatierra, en Santa Fe.
La llamó “reunión para estabilizar la narrativa familiar”, que era la forma elegante en que él nombraba sus encubrimientos.
Llegó con su traje azul marino, el mismo que usaba para cerrar compras hostiles y asistir a funerales. Fernanda apareció con un vestido blanco impecable, cargando a la bebé como si fuera un documento legal. El niño caminaba junto a ella, confundido por tantas miradas.
Doña Lucía ocupó un lugar cerca de su hijo.
—Hoy se arregla esto —dijo—. Una esposa decente sabe cuándo hacerse a un lado.
Valeria entró al final.
No llevaba joyas llamativas ni vestido de gala. Usaba un traje sastre color marfil, el cabello recogido y la carpeta azul en la mano.
Rodrigo ni siquiera la miró.
—Mi esposa está emocionalmente afectada —anunció al consejo—. Puede decir cosas absurdas por celos, pero vamos a proceder con la modificación del fideicomiso.
Valeria puso la carpeta sobre la mesa.
—No. Hoy vamos a corregir el acta.
El presidente del consejo, don Esteban Rivas, frunció el ceño.
—Valeria, ¿qué contiene esa carpeta?
—La razón por la que ningún documento debe firmarse hoy.
Rodrigo se inclinó hacia ella.
—Cuidado con lo que haces.
Valeria sostuvo su mirada.
—He tenido cuidado durante 3 años.
Abrió la carpeta y deslizó la primera hoja: el reporte médico de Rodrigo, fechado y certificado por el hospital. Después puso sobre la mesa los estudios anteriores, la autorización donde él la nombraba contacto principal y la nota clínica del doctor Ortega.
Un murmullo recorrió la sala.
Fernanda abrazó más fuerte a la bebé.
—Esto es una invasión a la privacidad.
Valeria giró hacia ella.
—No. Invasión fue entrar a mi casa, sentarte en mi mesa y pedirme que sonriera mientras usabas niños inocentes como llave para robar un fideicomiso.
Rodrigo golpeó la mesa.
—¡Son mis hijos!
Valeria sacó otro paquete de documentos.
—Entonces explícale al consejo por qué sus gastos de guardería, renta y viajes fueron pagados por una empresa fantasma llamada Consultoría Nube Azul.
Don Esteban tomó las hojas.
—Esta empresa no aparece en nuestros proveedores aprobados.
—Porque no era proveedor —respondió Valeria—. Era el bolsillo de Fernanda.
Fernanda se puso roja.
—Yo no robé nada.
—Claro que no —dijo Valeria—. Tú solo recibías transferencias cada mes, mientras Mauricio las autorizaba desde Finanzas.
Al escuchar su nombre, Mauricio Salvatierra, el hermano menor de Rodrigo, levantó la vista desde el extremo de la mesa. Hasta ese momento había permanecido quieto, pálido, fingiendo revisar su celular.
Rodrigo lo miró.
—¿Qué tiene que ver Mauricio en esto?
Valeria respiró hondo. —Mucho más de lo que crees.