Mi esposo me llamó vieja, enferma e inútil antes de irse con una mujer de 35 años. Creyó que me había destruido… hasta que el juez abrió el expediente y descubrió que todas las cuentas ya estaban a mi nombre.

PARTE 1

—Estás vieja, estás enferma y yo necesito a una mujer que todavía sirva para algo.

A los 73 años, Elena Villaseñor escuchó esas palabras sentada en la orilla de su cama, con una bata azul claro, las manos delgadas sobre una cobija bordada y una cicatriz reciente cruzándole el abdomen como una firma cruel de los últimos meses.

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Frente a ella estaba Arturo Mendoza, su esposo desde hacía 49 años.

Traía un traje gris hecho a la medida, zapatos italianos recién boleados y el mismo reloj de oro que Elena le había regalado cuando Grupo Mendoza consiguió su primer contrato grande con una cadena hotelera de Cancún.

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A su lado, tomada de su brazo, estaba Paola Rivas.

35 años. Vestido rojo. Cabello perfecto. Uñas largas. Una sonrisa de esas que no esconden la maldad, la presumen.

—No te lo tomes personal, Elena —dijo Paola, mirando la habitación como si ya estuviera escogiendo qué muebles tirar—. A tu edad una debe aceptar cuando su tiempo ya pasó.

Elena levantó la vista despacio.

No gritó.

No lloró.

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