PARTE 1
—Firma esos papeles, Lucía, o te juro que tu hijo va a nacer marcado por tu terquedad.
La plancha estaba tan cerca de su vientre de 8 meses que Lucía podía sentir el calor atravesándole la tela del vestido.
Doña Mercedes sonreía.
No era una sonrisa de enojo. Era peor. Era la sonrisa tranquila de una mujer que ya había imaginado cada grito, cada lágrima y cada rendición.
Sobre la mesa de la cocina había 3 documentos extendidos con una pluma encima. El primero decía cesión voluntaria de custodia. El segundo, autorización médica. El tercero, renuncia a derechos sobre la casa familiar.
Lucía tenía las manos temblando sobre su barriga.
—Mi nieto no va a crecer con una mujer débil —dijo Mercedes, acercando un poco más la plancha caliente—. Mi hijo murió sirviendo a este país. Lo mínimo que puedes hacer es entregarme lo que queda de él.
Lucía bajó la mirada hacia la hoja arrugada que Mercedes había aventado minutos antes sobre la mesa.
Notificación de fallecimiento en servicio.
El nombre de su esposo, Capitán Santiago Arriaga, aparecía impreso con un sello militar. Decía que había muerto durante una operación en África y que, por razones de seguridad, el cuerpo no podría ser repatriado de inmediato.
Lucía había vivido 3 meses con ese papel doblado bajo la almohada.
Había llorado hasta quedarse sin voz. Había hablado sola en las noches, abrazando la camisa militar de Santiago. Había dejado de dormir porque cada vez que cerraba los ojos imaginaba a su esposo enterrado lejos, sin despedida, sin una última llamada, sin una explicación.