steban se quedó blanco.
“Me vas a hundir.”
“No. Tú cavaste el hoyo. Yo solo dejé de poner tablas para que no te cayeras.”
Luego miró a Roberto.
“Y tú vienes conmigo. Vamos a explicarle a tu mamá que mi hija no es moneda de chantaje.”
En el camino a casa, Roberto no habló. Tenía las manos apretadas sobre las rodillas. Lucía manejaba con una serenidad que lo desesperaba.
“Todo se salió de control”, murmuró él por fin.
Lucía soltó una risa amarga.
“No se salió. Lo dejaron crecer porque les convenía.”
Cuando llegaron, encontraron a doña Elvira sentada en la sala, con Camila a un lado. La niña estaba seria, abrazando un cojín.
“Mi niña”, dijo Lucía con suavidad, “ve a tu cuarto un momento.”
Camila la miró con ojos húmedos.
“Abuela dijo que por tu culpa el tío Esteban va a perder todo.”
Lucía sintió una punzada en el pecho. Se agachó frente a ella.
“No es culpa de una persona dejar de ayudar a quien la maltrata. Y ningún adulto debió ponerte eso encima.”
Camila asintió y subió las escaleras.
Doña Elvira se levantó indignada.
“Qué bonita forma de enseñar rencor. Esteban es familia. Roberto es tu marido. Una mujer decente no destruye su casa por comentarios.”
Lucía la miró con una tristeza tranquila.
“Doña Elvira, su hijo recibió dinero a escondidas del negocio de Esteban. Su sobrino usó mi empresa para revender productos subsidiados. Y usted vino a asustar a una niña para protegerlos.”
La mujer abrió la boca, pero no encontró palabras.