Sus labios se entreabrieron, pero no salió ningún sonido. Detrás de mí, Diego y María murmuraban algo sobre unos documentos y un abogado. Carla entonces movió una mano con velocidad de relámpago y me metió algo en la palma. Era un papel arrugado. Al mismo tiempo, me clavó una uña en la piel, no para herirme, sino para obligarme a entender la urgencia.
Cerré el puño.
—Jara, vámonos —dijo Diego a mi espalda.