Los mismos hoyuelos. Los mismos ojos grandes y marrones. La misma boca dulce que una vez vi sonreír bajo las luces del baile de graduación cuando tenía diecisiete años y estaba demasiado destrozada para creer en milagros.
Charlotte extendió la comida con ambas manos, con los dedos temblando por el frío y una gorra de béisbol húmeda que le cubría el rostro.
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“Su orden, señor.”
Señor.
No Tyler.
Ni siquiera un destello de reconocimiento.