Afuera, algo raspó la cerradura.
Sofía abrió la caja de archivo. Había carpetas etiquetadas, estados de cuenta, copias de escrituras, capturas de transferencias, una memoria USB pegada bajo la tapa y una carpeta roja llena de firmas, sellos notariales y nombres de clientes ancianos.
Al fondo de la bodega había una tabla de madera recargada contra la pared. Sofía la movió y descubrió un tramo de malla ya cortado.
Su madre había preparado una salida.
La voz de afuera volvió.
—Abre, Sofía. Tu madre murió porque dejó de cooperar.
Esa frase la partió por dentro.
No fue un accidente.
No fue una caída.
No fue un infarto repentino, como dijeron.
Sofía abrazó la carpeta roja, empujó la tabla y se arrastró por el hueco. La malla le rasgó la blusa y le abrió la piel del brazo, pero no se detuvo.
Atrás, alguien golpeó la puerta.
—¡Está adentro! ¡Ábranla!
Sofía corrió entre hierbas secas, basura y piedras, hasta llegar a un camino de servicio detrás de la bodega. Se subió a un taxi que acababa de dejar a un trabajador en la gasolinera y dio la primera dirección que encontró en la nota.
—Al Registro Público, en el centro. Rápido, por favor.
A mitad del camino, su celular vibró otra vez.
2 mensajes nuevos del número de su madre.
Busca a Daniel Robles. Archivo de Propiedad. No confíes en nadie más.
Y luego:
Si Hale llega antes que tú, quema todo.
Sofía miró por la ventana trasera.