una superstición tan torpe como creer deprisa, solo que vestida con mejor vocabulario y corbata. Durante años callé todo esto porque sabía lo que ocurriría si lo contaba sin matices: los devotos me convertirían en bandera y los racionalistas en traidor. Yo no quería servir a ninguno de esos dos altares, porque mi experiencia no nació para alimentar tribus, sino para desordenar mi conciencia. Sin embargo, el silencio también tiene un costo, especialmente cuando uno sabe que ciertos datos siguen guardados y ciertos hombres siguen fingiendo calma alrededor de ellos. No digo que el Vaticano escondiera monstruos o conspiraciones cinematográficas, pero sí que administra cuidadosamente aquello que no puede nombrar con comodidad inmediata. Y comprendo esa cautela, porque yo mismo tardé años en aceptar lo que vi, medí y repetí cuatro veces con instrumentos distintos sin obtener alivio. Lo aterrador no fue encontrar un espectáculo sobrenatural diseñado para derribar mi oficio, sino descubrir que mi oficio me llevaba exactamente hasta una puerta abierta. Una puerta donde los números no desaparecían, pero tampoco bastaban, y donde el cuerpo de un muchacho muerto seguía obligándome a pensar más allá.