jengibre con clavo de olor:

Volví a colaborar en 2008, en 2011, en 2014, y para 2019 ya era uno de los forenses convocados con regularidad en Roma. Mi relación con la fe era tan simple que casi resultaba aburrida: no la combatía, no la necesitaba y no la consultaba para nada esencial. Mi esposa Juliana sí creía, con una práctica discreta, sin fanatismos ni discursos, y por eso nunca convertimos nuestras diferencias en campo de batalla matrimonial. Íbamos a misa en Navidad y Semana Santa por costumbre familiar, no por una convicción que me perteneciera realmente, y a mí eso me bastaba. Cuando me hablaron del caso de Carlo Acutis, supe únicamente lo indispensable: adolescente, muerto de leucemia, proceso eclesial en marcha y creciente interés devocional alrededor de su figura. No me impresionó nada de eso, porque a esa altura había examinado reliquias, ataúdes abiertos, cuerpos exhumados y tejidos conservados bajo condiciones bastante menos románticas. Mi tarea en Asís, el veintisiete de enero de 2019, parecía transparente: documentar el estado real de los restos, descartar fantasías piadosas y cerrar el asunto. Llevaba conmigo un maletín de instrumentos calibrados, un protocolo de dieciséis páginas, formularios impresos y la confianza profesional de quien espera cuatro horas sin sobresaltos. Juliana me preguntó la semana anterior si esta vez sentía algo distinto, quizá por la fama reciente del muchacho o por la expectación religiosa. Le respondí que no, que sería otro trabajo técnico, otro cuerpo, otro subsuelo, otro archivo sellado con términos precisos y ninguna grieta en mi escepticismo. A las seis y media de aquella mañana salí hacia Asís con café amargo, una resaca leve de sueño atrasado y la irritación habitual de los viajes institucionales. La basílica de Santa María de los Ángeles parecía suspendida en un frío mineral, con piedras silenciosas, corredores largos y ese orden eclesial que tanto tranquiliza a otros. A mí no me tranquilizaba ni me inquietaba; simplemente me parecía el decorado adecuado para una burocracia antigua extraordinariamente hábil en administrar misterio y procedimiento. Un sacerdote joven me recibió con cortesía sobria, evitando cualquier comentario grandilocuente, y agradecí enseguida esa economía verbal porque detesto las antesalas espirituales del trabajo técnico. Bajamos por un corredor estrecho hacia una zona reservada, atravesando puertas cada vez más silenciosas hasta llegar a una sala donde el aire parecía inmóvil. Había allí una mesa metálica, iluminación blanca, una cruz de madera sobre la pared y dos miembros de la comisión esperando junto a carpetas cerradas. Nadie me pidió fe, nadie me habló de milagros y nadie intentó predisponerme emocionalmente, detalle que reforzó todavía más mi sensación de estar en terreno seguro. Revisé instrumentos, calibré dos veces el termómetro digital, comprobé la humedad relativa y anoté condiciones ambientales con la meticulosidad que siempre me protegió de la sugestión. La exhumación y apertura controlada siguieron el protocolo previsto, sin teatralidad, sin rezos innecesarios y con la rigurosa lentitud que exige cualquier procedimiento de esa delicadeza.