A la mañana siguiente, Ana Lucía llegó a la oficina con el estómago hecho nudo y una calma que no sabía si era fuerza o puro instinto de supervivencia.
Renata la recibió con café.
—Te traje latte sin azúcar. Ayer dijiste que así te gustaba.
Ana Lucía lo tomó.
—Gracias.
La amabilidad de Renata le dolió más que cualquier insulto. Era fácil odiar a una mujer malvada. Era más difícil mirar a una mujer ilusionada y entender que las dos habían dormido abrazadas a la misma mentira.
A media mañana, Renata colocó sobre su escritorio una carpeta color rosa.
—Estoy comparando lugares para la boda. Diego quiere algo elegante, pero no exagerado. Dice que ya ha gastado demasiado últimamente.
Ana Lucía levantó la vista.
—¿Gastado en qué?
Renata se rió.
—En mí, supongo. El anillo, cenas, viajes. Le digo que no hace falta, pero él insiste. Dice que una mujer debe sentirse elegida.
Ana Lucía sintió un frío seco en la espalda.
Esa frase.
Diego se la había dicho a ella cuando compraron su primer sillón a meses sin intereses:
—Una mujer debe sentirse elegida, aunque no tengamos mucho.
Ahora la repetía como si fuera parte de un manual.
Esa noche, mientras Diego decía que tenía junta con proveedores, Ana Lucía revisó los cajones del buró. No buscó como ladrona. Buscó como esposa con derecho a saber por qué sus ahorros comunes se estaban evaporando.
Encontró recibos doblados dentro de una caja de relojes.
Restaurante en Polanco: 8,700 pesos.
Hotel boutique en Roma Norte: 12,400 pesos.
Joyería en Antara: 68,000 pesos.
Transferencia a “R. Solís”: 25,000 pesos.
Ana Lucía fotografió todo.
Después abrió una hoja de cálculo.
Fecha.
Excusa de Diego.
Gasto.
Prueba.
Posible relación con Renata.
Cuando Diego llegó, la besó como siempre.
—Perdón, amor, fue larguísima la junta.
—No te preocupes —dijo ella—. ¿Cenaste?
—Cualquier cosa. Un sándwich.
Ana Lucía pensó en la cuenta de 8,700 pesos y sonrió.
—Te caliento sopa.
Durante 3 semanas, Ana Lucía actuó su papel con una precisión que la sorprendió. En casa era la esposa tranquila. En la oficina era la compañera nueva, discreta, amable. Con Renata era una oyente cuidadosa.
—¿Dónde se conocieron? —preguntó un jueves, mientras ambas revisaban una campaña.
Renata sonrió.
—En un evento en Guadalajara. Él me dijo que estaba divorciado.
Ana Lucía dejó el cursor quieto.
—¿Divorciado?
—Sí. Me contó que su ex era fría, ambiciosa, que nunca quería formar una familia. Pobrecito. Se le quebraba la voz cuando hablaba de eso.
Ana Lucía apretó la mandíbula.
La ex era ella.
La mujer fría era ella.
La mujer ambiciosa era ella porque trabajaba, ahorraba y pagaba la mitad de una vida que Diego regalaba en otro lado.
—Qué fuerte —murmuró.
—Sí. Por eso me da miedo lastimarlo. Ha sufrido mucho.
Ana Lucía sintió ganas de ponerse de pie y gritar la verdad frente a toda la oficina.
Pero no lo hizo.
Esa tarde llamó a Valeria Cárdenas, su mejor amiga desde la universidad y abogada familiar.
—Necesito verte hoy —dijo Ana Lucía.
Valeria no preguntó demasiado.
—¿Café de siempre?
—Sí.
—A las 8.
Se encontraron en una cafetería de la Del Valle, lejos de la oficina y lejos de Diego. Ana Lucía puso el celular sobre la mesa y le mostró fotos, recibos, mensajes, fechas y el portarretratos que había capturado disimuladamente.
Valeria no la interrumpió.
Cuando terminó, respiró hondo.
—No lo enfrentes todavía.
—¿Por qué?
—Porque un mentiroso descubierto se vuelve víctima en 10 segundos. Necesitamos pruebas, estados de cuenta, movimientos, deudas, todo lo que haya salido de cuentas comunes. Si usó dinero marital para sostener una doble vida, eso importa.
—¿Y Renata?
Valeria la miró con cuidado.
—Primero protégete tú. Después decides qué hacer con ella.
Ana Lucía asintió.
Pero esa misma noche ocurrió algo que cambió todo.
Diego dejó su laptop abierta en la sala mientras hablaba por teléfono en el balcón. Ana Lucía vio en la pantalla una pestaña con el nombre de Renata.
No era un correo romántico.
Era un contrato de preventa.
Un departamento nuevo en la colonia Roma.
A nombre de Diego Ramírez y Renata Solís.
Pagado con un anticipo desde una cuenta que Ana Lucía reconoció de inmediato.
Su cuenta de inversión conjunta.
La que ella había alimentado durante años para comprar una casa más grande.
La que Diego le había jurado que no tocaba.
Ana Lucía sintió que el aire desaparecía.
Entonces leyó una línea al final del documento:
“Firma programada: sábado, 12:00 horas.”
Sábado.
En 2 días.
Diego iba a firmar un futuro con otra mujer usando el dinero de su esposa.
Ana Lucía fotografió la pantalla.
Pero antes de cerrar la laptop, entró un mensaje nuevo de Renata:
“Mi amor, ¿seguro que tu ex no puede reclamar nada?”
Diego respondió desde el balcón:
“No te preocupes. Ana jamás se entera de nada.”
Ana Lucía miró esas palabras hasta que dejaron de doler y empezaron a quemar.
El sábado no iba a ser una firma.
Iba a ser una trampa.
Parte 3