—Te casas mañana —dijo secamente. Zainab quedó paralizada. Aquellas palabras no tenían sentido. ¿Casarse? ¿Con quién?
—Es un mendigo de la mezquita —continuó su padre—. Tú eres ciego, él es pobre.
“Es el hombre ideal para ti”. Sintió como si la sangre se le hubiera ido de la cara. Quiso gritar, pero no le salió ningún sonido. No tenía otra opción. Su padre nunca se la había dado.
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