—No era mío.
—¿No tenías curiosidad?
Inés miró hacia el segundo piso.
—Claro que sí. Pero las puertas cerradas no siempre esconden secretos. A veces esconden dolor.
Se incorporó lentamente.
—¿Oíste algo ayer, verdad?
Inés no mentía.
—Una voz.
Alejandro cerró los ojos.
—Lucía tenía cuatro años cuando murió.
—¿Estás seguro?
La pregunta le pareció una bofetada.
—¿Qué decía?
—Mi abuela trabajó en hospitales durante años. Dice que cuando una familia poderosa quiere ocultar algo, no siempre tiene que matar a alguien. A veces basta con cambiar el nombre.
Alejandro dio un respingo.
—No vuelvas a decir eso.
—Entonces abre la habitación.
Toda la mansión pareció contener la respiración.
A la mañana siguiente, Alejandro subió las escaleras con una llave plateada en la mano. La señora Robles lloraba en voz baja. Inés lo acompañó hasta la puerta blanca.
"No tienes que hacerlo solo", le dijo.
Alejandro introdujo la llave.
La puerta se abrió con un largo crujido.
Dentro había una habitación infantil congelada en el tiempo: paredes amarillas, libros de cuentos, vestiditos, zapatos rojos. Sobre la almohada yacía un conejito de madera intacto con un lazo rosa nuevo.
La señora Robles se tapó la boca.
"Ese conejito no estaba aquí".
Alejandro lo recogió. Había una nota atada a la tarjeta.
La abrió con manos temblorosas.
"¿Qué dice?", preguntó Inés.
La leyó y su rostro se entristeció.
"Papá, te he estado esperando".
Entonces la caja de música del armario comenzó a sonar.
La misma canción que Inés había tarareado la noche anterior.
Y de la oscuridad surgió la risa de una niña.
PARTE 3
Alejandro no gritó. Eso era lo peor.
Simplemente se quedó mirando el armario como si el mundo se hubiera partido ante sus ojos. La caja de música seguía sonando, lentamente, desafinada, insoportablemente dulce. La risa de la niña resonó de nuevo, más clara, como si una niña se escondiera tras los vestidos.
La señora Robles cayó de rodillas.
"Virgencita..."
Inés se adelantó a Alejandro.
"No", dijo. "Espera."
"Es mi hija."
"No. Es una grabación."
Empujó el armario.
No había ninguna niña dentro. Un pequeño altavoz estaba pegado con cinta adhesiva en la parte trasera de la caja de zapatos. Junto al altavoz, en un viejo teléfono móvil, la grabación seguía sonando.
El rostro de Alejandro cambió. El dolor se convirtió en furia.
Inés levantó el conejito de la cama y miró la nota.
«Esto no lo escribió una niña de cuatro años».
«Lucía no sabía escribir», susurró él.
«Exacto».
La señora Robles rompió a llorar.
«Lo siento, señor... No sabía que llegarían tan lejos».
Alejandro se giró hacia ella.
«¿Quiénes?».
La mujer se cubrió el rostro.
«Tu hermano Andrés. Tu madre. Me dijeron que solo intentaban asustarte, que era por tu bien, que estabas perdiendo la cabeza».
«¿Mi madre hizo esto?».
La pregunta salió entrecortada.