Volvió a jalar.
Luego golpeó.
Luego gritó otra vez.
El intercomunicador crujió con un sonido breve, y por un segundo la esperanza le subió al pecho con tanta fuerza que casi lloró de alivio.
Entonces oyó la voz de su esposo.
—Lo siento, Lena. De verdad.
Hubo un silencio pequeño.
Terrible.
Un silencio en el que ella dejó de pensar que se trataba de un error.
—Victor —dijo, y la voz se le quebró—. Estoy embarazada. Los bebés…
—Lo sé.
La forma en que él lo dijo le heló más que la temperatura.
No había sorpresa.
No había culpa suficiente.
No había prisa.
—Abre la puerta.
—No puedo hacer eso.
Lena apoyó una mano sobre su vientre, y sintió el movimiento débil de uno de los bebés.
Ese movimiento la mantuvo de pie.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Lo pensé mucho —contestó Victor—. El seguro de vida paga el triple por muerte accidental.
Ella cerró los ojos.
Durante semanas, Victor había insistido en actualizar la póliza.
Lo había presentado como prudencia.
Como cuidado.
Como una medida adulta para proteger a los niños si algo le pasaba a cualquiera de los dos.
Lena había firmado porque estaba cansada y porque, en una familia, una firma a veces se siente menos como un documento que como un gesto de confianza.
El problema de confiar en alguien no es que te sepa mentir.
Es que tú le entregas el mapa de todas las puertas que sabe cerrar.
—Tú preparaste esto —susurró.
—La llamada nocturna funcionó perfecto —dijo él—. Te creíste cada palabra.
Lena pensó en los cinco años anteriores.