Durante 20 años ningún médico logró que el jefe de la mafia volviera a caminar… hasta que una madre soltera tocó su espalda y descubrió el secreto que todos querían ocultar.

Durante 20 años ningún médico logró que el jefe de la mafia volviera a caminar… hasta que una madre soltera tocó su espalda y descubrió el secreto que todos querían ocultar.
PARTE 2: Durante los días siguientes, la mansión Armenta dejó de parecerle a Clara una cárcel dorada y comenzó a parecerle un refugio.
Mateo dormía por primera vez sin toser toda la noche. Sebastián había traído especialistas de Guadalajara, Ciudad de México y Houston. Mandó instalar filtros médicos en el ala este, compró equipos nuevos y consiguió un tratamiento que Clara jamás habría podido pagar.
—No sé cómo voy a devolverle esto —le dijo ella a Gabriel en voz baja.
Gabriel miró hacia el gimnasio privado.
—Ya lo está haciendo.
Sebastián entrenaba como un hombre poseído. Clara lo obligaba a respirar, a descansar, a no destruir en una tarde lo que tardaron 20 años en perderse. Pero él odiaba la paciencia.
—Otra vez —ordenaba, sujetándose de las barras paralelas.
—Sus músculos no están listos.
—Otra vez.
A la quinta caída, Clara lo sostuvo por la cintura y ambos terminaron sobre la colchoneta. Sebastián quedó sobre ella, respirando con dificultad, el rostro tan cerca que por primera vez Clara no vio al jefe temido de Monterrey, sino a un hombre agotado.
—Odio esto —murmuró él—. Odio necesitar ayuda.
Clara le acarició la nuca con una presión suave.
—No es debilidad. Es volver a aprender a vivir.
Él la miró como si esas palabras le dolieran más que la terapia.
Antes de que pudiera responder, Gabriel tocó la puerta.

—Jefe. Adrián está aquí.
Adrián Armenta era primo de Sebastián y administrador de sus casinos clandestinos. Durante años había soportado inclinar la cabeza ante un hombre en silla de ruedas, pero su obediencia era una máscara. Cuando entró a la biblioteca, no saludó a Clara. La señaló.
—Todo se fue al demonio desde que esa mujer llegó —dijo—. Rafael Urrutia nos está pegando en rutas que solo la familia conoce. Los bodegueros tienen miedo. Los socios preguntan si todavía mandas tú o si la enfermera te volvió loco.
Sebastián lo escuchó desde su silla, inmóvil, fingiendo más debilidad de la que tenía.
—Clara no sabe nada de rutas.
—Entonces entrégala —escupió Adrián—. Urrutia quiere saber qué hace aquí. Dásela como ofrenda y negociamos una tregua.
Gabriel llevó la mano al arma, pero Sebastián levantó un dedo.
—¿Me estás pidiendo que entregue a una mujer y a un niño enfermo para salvar tus negocios?
Adrián sonrió con desprecio.
—Te estoy pidiendo que actúes como jefe, no como enamorado.
El aire se volvió helado.
—Sal de mi casa —dijo Sebastián— antes de que recuerde que la sangre también se puede borrar.
Cuando Adrián se fue, Sebastián no necesitó preguntar.
—Él es el topo —dijo.
Gabriel asintió.
—Solo 3 personas sabían lo de la bodega del río Santa Catarina: usted, yo y él.
Sebastián miró hacia el pasillo donde Mateo jugaba con una tableta, ajeno a todo.
—Mañana por la noche habrá ataque. Adrián abrirá la puerta creyendo que sigo atrapado en esta silla.
—¿Qué hacemos con Clara y el niño?
—Al cuarto de seguridad. Y nadie les dice la verdad hasta que cierre la puerta.
Pero Clara sí supo que algo iba mal.
Esa madrugada encontró a Sebastián en el invernadero, mirando la ciudad bajo la tormenta.
—Van a venir, ¿verdad? —preguntó ella.
Él no mintió.
—Sí.
Clara se acercó y tomó su mano.
—Entonces prométame que no va a hacerse matar por nosotros.
Sebastián tiró de ella suavemente hasta tenerla frente a él.
—Clara, pasé 20 años sintiéndome medio hombre. Usted me devolvió el dolor, la rabia, la esperanza. Me devolvió el cuerpo. Si mañana alguien entra por usted o por Mateo, tendrá que pasar sobre mí.
La besó con una desesperación silenciosa, como si esa fuera la única verdad que todavía podía decir sin ponerla en peligro.
A las 2:00 de la mañana, la luz se apagó.
El cuarto de seguridad se cerró con Clara y Mateo dentro.
Arriba, en la mansión, comenzaron los disparos.
Y mientras Clara abrazaba a su hijo, sin saber si Sebastián seguía vivo, escuchó por el intercomunicador una voz que la dejó helada:
—El primo ya abrió la puerta. Van directo a la habitación del jefe.
Continuará en los comentarios 👇👇👇