Decía “nuestro éxito” cuando alguien le preguntaba por su estilo de vida.
Pero en los papeles no había ningún “nuestro”.
Lucía habló con precisión.
—Separación total de bienes. La casa está a mi nombre. La agencia está a mi nombre. Las inversiones están a mi nombre. Los coches están a mi nombre. Las cuentas que pagan esta fiesta están a mi nombre.
Arturo tragó saliva.
—Pero llevo 10 años viviendo aquí.
—Y llevas 10 años viviendo de mí.
La frase cayó con más fuerza que cualquier insulto.
Mariana dio un paso atrás.
—Arturo… tú me dijiste que ella controlaba todo porque era abusiva. Me dijiste que cuando te divorciaras ibas a comprar un departamento en Boston.
Regina soltó una risa amarga.
—Te dijo lo que necesitabas escuchar para volver.
Mariana miró los documentos, luego el coche rojo rentado en la entrada.
—¿Rentaste ese Jaguar?
Nadie respondió.
Pero la vergüenza en el rostro de Arturo bastó.
Lucía sacó otro papel.
—También tengo los estados de cuenta. Tarjetas sobregiradas. Préstamos personales. Deudas con financieras. Viajes pagados para Mariana. Hoteles. Restaurantes. Ropa. Todo a tu nombre.
Mariana abrió la boca.
—Me dijiste que tenías acceso a millones.
—Mentí porque te amo —balbuceó Arturo.
—No —dijo Regina—. Mentiste porque eres un parásito que buscaba otro lugar donde vivir cuando supiste que mamá ya no iba a dejarte usarla.
Lucía sintió que la palabra “mamá” le atravesaba el pecho con una dulzura dolorosa. No interrumpió. Esa era la voz de Regina. Esa era su verdad.
Arturo intentó acercarse a la muchacha.
—Hija, por favor. Yo cometí errores, pero soy tu padre.
Regina retrocedió.
—Un padre no aplaude cuando humillan a su hija. Porque cuando la humillaste a ella, también me humillaste a mí. Cada noche que Lucía se sentó conmigo para estudiar, cada terapia que pagó, cada abrazo que me dio cuando tú estabas de viaje o con tus amigos, también era parte de mi historia. Tú no solo la usaste. Usaste mi dolor para sentirte importante.
Arturo empezó a llorar.
Era un llanto feo, desesperado, sin dignidad.
—No me hagan esto delante de todos.
Lucía lo observó con una serenidad que había tardado 10 años en construir.
—Tú elegiste hacerlo delante de todos.
El silencio fue total.
Entonces Mariana tomó su bolso.
—Yo me voy.
Arturo giró hacia ella, desesperado.
—No, espera. Podemos arreglarlo.
—¿Arreglar qué? —escupió Mariana—. ¿Tu bancarrota? ¿Tus mentiras? ¿Tu hija que te desprecia? Yo no regresé para vivir en un departamento barato con un hombre endeudado.
Regina la miró con una tristeza fría.
—Gracias por confirmar por qué nunca te necesité.
Mariana pareció recibir un golpe invisible. Por un segundo, algo parecido a la vergüenza cruzó su rostro. Pero fue apenas un segundo. Luego apretó los labios, se subió al coche rentado y se fue sin mirar atrás.
Otra vez.
Como 10 años antes.
La diferencia era que esta vez Regina no corrió detrás de ella.
No lloró.
No preguntó por qué.
Solo tomó la mano de Lucía.
Arturo quedó solo en medio del jardín, rodeado de globos, copas vacías y miradas incómodas.
Los invitados comenzaron a retirarse. Sus amigos del club fueron los primeros. Ninguno se acercó a darle apoyo. Los mismos que habían aplaudido su crueldad ahora evitaban mirarlo, como si su fracaso fuera contagioso.
En menos de 20 minutos, la fiesta quedó casi vacía.
Arturo seguía parado frente a Lucía.