Arturo se quedó helado.
—¿Cómo me dijiste?
—Arturo —repitió ella—. Porque un padre no usa a su hija como trofeo ni humilla a la mujer que la crió para impresionar a sus amigos borrachos.
Mariana intentó intervenir.
—Tu papá solo quería que estuviéramos juntos otra vez.
Regina soltó una risa seca.
—No. Él quería dinero.
Lucía levantó apenas la mirada.
Arturo palideció.
—¿De qué estás hablando?
Regina caminó hacia la mesa principal, tomó una carpeta color crema y la levantó frente a todos.
—Hace 6 meses escuché una llamada. Arturo le decía a Mariana que, si se divorciaba después de mi fiesta, podía quedarse con la mitad de la casa, la mitad de la agencia de Lucía y dinero suficiente para mudarse a Boston como “familia perfecta”.
Mariana abrió los ojos, aterrada.
—Eso no era para que tú…
—¿Lo escuchara? —la interrumpió Regina—. Pues lo escuché. También escuché cuando dijiste que yo iba a perdonarte porque “todas las hijas vuelven con su verdadera madre”.
Lucía sintió un nudo en la garganta.
Regina no había dicho nada durante meses. Había cargado sola con ese secreto.
Arturo intentó reír, pero la risa le salió rota.
—Son tonterías. Lucía te manipuló.
Regina miró a la mujer que la crió. Lucía seguía quieta, con los ojos llenos de dolor, pero sin derrumbarse.
—Lucía no me manipuló. Lucía me enseñó a leer contratos, a guardar pruebas y a no permitir que nadie me usara.
Luego abrió la carpeta.
—Por eso esta mañana, antes de la fiesta, fuimos al juzgado familiar.
Arturo dejó de respirar.
—¿Al juzgado?
—Sí —dijo Regina—. A terminar algo que tú creíste que podías impedir.
Mariana miró a Arturo con desesperación.
—¿Qué significa eso?
Regina sostuvo el micrófono con más fuerza.
—Significa que Lucía ya no es “la esposa que crió a una hija ajena”. Desde hoy, legalmente, Lucía es mi madre.
El jardín entero quedó mudo.
Arturo negó con la cabeza.
—No. Eso no puede hacerse sin mí.
—Soy mayor de edad —respondió Regina—. Y tú firmaste hace años documentos reconociendo que Lucía era mi tutora educativa y responsable económica principal. Tu abogado debió leerte lo que firmabas antes de pedirle dinero a mi mamá para pagar tus viajes.
Un invitado murmuró:
—Dios mío…
Pero Regina aún no había revelado lo peor.
Sacó otro documento de la carpeta.
—Y hay algo más. El fideicomiso que Lucía creó para pagar Harvard tiene una cláusula muy clara: ningún peso puede beneficiar directa o indirectamente a una persona que haya abandonado, explotado o violentado emocionalmente a la beneficiaria.
Miró a Arturo con una frialdad devastadora.
—Eso incluye a ti.
Arturo bajó la vista al documento, y por primera vez en la noche entendió que su plan no solo había fallado.
Había explotado frente a todos.
Entonces Lucía dio un paso adelante, tomó un sobre manila de la mesa y lo sostuvo frente a su esposo.
—Y ahora sí, Arturo —dijo con una tranquilidad que heló la sangre—. Creo que llegó el momento de que leas lo que yo preparé para ti.
PARTE 3
Arturo miró el sobre como si adentro hubiera una sentencia de muerte.
La música ya se había apagado. Los meseros se habían quedado inmóviles junto a la cocina. La alberca reflejaba las luces rojas y blancas de la fiesta, pero el ambiente ya no tenía nada de celebración. Parecía una audiencia pública.
Lucía caminó hasta el centro del jardín y le entregó el sobre en el pecho.
—Ábrelo —dijo.
Arturo no quería hacerlo. Sus manos temblaban tanto que apenas pudo romper la solapa. Sacó los papeles, leyó las primeras líneas y su rostro empezó a descomponerse.
—No… —murmuró—. Esto no puede ser.
Lucía lo miró sin odio, pero sin una sola gota de compasión.
—Son los documentos de divorcio. También está la copia del acuerdo prenupcial que tú insististe en firmar hace 10 años.
Arturo levantó la cabeza.
—Ese acuerdo ya no vale.
—Claro que vale —respondió Lucía—. Lo firmaste porque cuando nos casamos pensaste que mi agencia iba a fracasar. Dijiste que no querías cargar con mis deudas si mi “negocito de redes sociales” se hundía.
Algunas personas recordaron aquella frase. Lucía también.
Durante años, Arturo se burló de su trabajo. Hasta que la agencia empezó a ganar contratos millonarios con marcas nacionales, campañas políticas, cadenas de hoteles y empresas internacionales. Entonces dejó de burlarse y empezó a presumir.
Decía “nuestra agencia” en las cenas.
Decía “nuestra casa” en el club.