PARTE 1
—Ni te quites el luto, Verónica. Recoge tu bolsa y vete, porque este departamento ya es de la familia.
Verónica Salgado se quedó inmóvil en la entrada, con el vestido negro pegado al cuerpo por el calor pesado de la Ciudad de México y el olor a nardos del funeral todavía metido en el cabello. Acababa de enterrar a Simón Treviño esa misma tarde. Lo único que esperaba al volver al departamento de la Roma Norte era silencio, oscuridad y ese golpe cruel de darse cuenta de que la persona amada ya no iba a contestar desde la sala.
Pero al abrir la puerta encontró otra escena.
Su suegra, doña Graciela, estaba parada en medio del comedor como si dirigiera una mudanza. A su alrededor, 8 familiares de Simón metían ropa, libros, relojes, cables, documentos y hasta fotografías en maletas abiertas sobre el sofá.
El sofá donde Simón leía cada noche.
Una prima revisaba los cajones del escritorio. Un tío envolvía en periódico una cafetera italiana que Verónica y Simón habían comprado en Oaxaca. Dos sobrinos cargaban cajas hacia el pasillo. Sobre la mesa del comedor había una lista escrita a mano:
Ropa fina. Computadora. Papeles importantes. Relojes. Escrituras. Tarjetas. Llaves.
Junto a la entrada, sobre una mesita, estaba la urna temporal de Simón rodeada por flores marchitas. Nadie parecía verla.
Verónica sintió que algo se le rompía por dentro, pero no fue llanto. Fue algo más frío.
—¿Qué están haciendo en mi casa? —preguntó.
Doña Graciela ni siquiera fingió vergüenza. Levantó la barbilla, con ese gesto de mujer acostumbrada a mandar llorando y amenazando al mismo tiempo.
—Tu casa no. La casa de mi hijo. Y como Simón ya no está, nos corresponde a nosotros.
—Este departamento era nuestro.
—Tú eras su esposa, no su dueña —respondió Graciela—. No te confundas. Aquí no vas a quedarte a vivir de lo que no trabajaste.
Una prima, Mariana, soltó una risita mientras sacaba folders del escritorio.
—Además, ya buscamos. No hay testamento. Así que mejor evita hacer el ridículo.
Verónica miró las maletas. Una llevaba las camisas de Simón dobladas sin cuidado. Otra tenía su laptop. Otra estaba llena de libros con sus notas pegadas en papelitos amarillos.
—¿Quién les abrió?
Graciela sacó una llave de su bolso de diseñador y la mostró como si fuera una escritura.
—Soy su madre. Siempre tuve llave.
A Verónica le ardieron los ojos. Simón le había dicho meses antes que sospechaba que su madre conservaba una copia. Le pidió cambiar la chapa, pero después se arrepintió.
—No quiero más pleitos con ella —le dijo aquella vez—. Con poner límites basta.
Pero Simón, incluso enfermo, había entendido mejor a su familia que nadie.
Verónica avanzó hacia el escritorio cuando Mariana abrió un cajón profundo.
—No toques eso.
Mariana volteó con una sonrisa torcida.
—¿Y tú quién eres ahora para dar órdenes?
—Soy su viuda.
—Exacto —dijo Mariana—. Viuda. Nada más.
La palabra cayó como una cachetada. En la sala todos siguieron moviéndose, como si Verónica ya fuera un estorbo. Como si la hubieran enterrado junto con Simón.
Entonces Verónica soltó una carcajada.
No fue una risa nerviosa ni triste. Fue una risa seca, clara, tan inesperada que todos se quedaron quietos.
Doña Graciela frunció el ceño.
—¿Ya te volviste loca?
Verónica se quitó los tacones despacio y los dejó junto a la puerta.
—No, Graciela. Lo que pasa es que ustedes cometieron el mismo error de siempre.
—¿Cuál error?
Verónica levantó la mirada.
—Creyeron que Simón era débil solo porque era callado. Creyeron que era pobre solo porque no presumía. Y creyeron que podían saquearlo porque nunca entendieron quién era realmente.
El primo Óscar cerró una maleta con fuerza.
—No nos vengas con cuentos. Si hubiera tenido algo, nosotros ya lo sabríamos.
—Justamente por eso no sabían nada —respondió Verónica.
Su celular vibró en la mano. El mensaje era de la abogada de Simón.
Estamos abajo.
Verónica respiró hondo.
Doña Graciela señaló la puerta.
—Te doy 10 minutos para juntar tus cosas antes de que llamemos a la policía.
Verónica miró la urna de Simón, las maletas llenas y la lista sobre la mesa.
Luego dijo, con una calma que asustó a todos:
—Qué bueno que mencionó a la policía.
En ese momento tocaron la puerta.
Y cuando Verónica abrió, nadie en esa sala podía imaginar que Simón había preparado todo antes de morir.