Beatriz cruzó los brazos.
—No todos somos empresarios con oficina en Mérida y cuentas llenas.
Diego casi sonrió, pero no por gracia. Beatriz siempre había hecho eso. Cuando él ganó una beca, dijo que había tenido suerte. Cuando trabajó de noche para pagar la universidad, dijo que le gustaba hacerse la víctima. Cuando fundó su empresa, dijo que se había vuelto arrogante.
Y ahora estaba parada dentro de la casa que él compró para sus padres, actuando como si la ofendida fuera ella.
Mauricio señaló a Rafael.
—Tu papá ya había entendido que lo mejor era que se fueran al cuartito del fondo. Luego podríamos buscarles una casa de retiro.
Elena levantó la cabeza.
—Nunca aceptamos eso.
—Mamá, estabas confundida —dijo Beatriz—. A tu edad ya no puedes tomar decisiones grandes.
Eso fue suficiente.
Diego sacó su teléfono.
—Voy a llamar a la policía.
Mauricio dio un paso hacia él.
—No te conviene.
Diego no se movió.
—Da otro paso y lo explicas frente a los oficiales.
Mauricio se detuvo.
Beatriz cambió el tono de inmediato.
—Diego, somos familia.
—No. Mis papás son mi familia. Tú estás actuando como una invasora con mi apellido.
Los policías llegaron 15 minutos después.
Para entonces, Mauricio ya se había transformado en víctima. Beatriz lloraba a voluntad, diciendo que solo intentaban ayudar a sus padres mayores a “organizar su futuro”.
Pero Diego les entregó a los oficiales copia de la escritura, el acuerdo de residencia firmado por sus padres y los registros del sistema de seguridad que probaban que Mauricio había cambiado el código de la puerta 2 días antes.
El oficial Salgado miró a Rafael.
—Señor, ¿usted autorizó ese cambio?
Rafael tragó saliva.
Por un instante, Diego pensó que su padre protegería a Beatriz, como siempre.
Pero esta vez Rafael levantó la mirada.
—No. Me dijo que si no me iba, se iba a encargar de que Elena y yo no tuviéramos dónde dormir.
La sala quedó en silencio.
Beatriz dejó de llorar.
Y Mauricio, por primera vez desde que Diego entró, perdió el color del rostro.
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