PARTE 2: Valeria no durmió casi nada.
Se hospedó en un hotel pequeño cerca de Insurgentes, pidió caldo de pollo que apenas probó y acomodó a Martina en una cunita portátil junto a la cama. Su cuerpo pedía descanso, pero su cabeza trabajaba con una claridad helada.
A las 6:30 de la mañana llamó a Lucía, su asistente en el despacho.
—Licenciada, ¿está bien? —preguntó Lucía, asustada—. Pensé que estaría de incapacidad.
Valeria miró a su hija dormida, con los puñitos cerrados sobre el pecho.
—Estoy de incapacidad como madre. Como dueña de una casa, no.
Lucía guardó silencio.
—Necesito que me mandes la escritura de la casa de Coyoacán, el certificado de libertad de gravamen, el avalúo actualizado y las capitulaciones matrimoniales.
—¿Pasó algo con el señor Diego?
Valeria respiró hondo.
—Cambió la clave mientras yo estaba en el hospital y se fue a Cancún con su mamá y su hermana. Me dejó afuera con la bebé.
Del otro lado ya no hubo sorpresa. Hubo rabia contenida.
—Dígame qué necesita.
—Contacta a la fundación médica que preguntó por la casa en abril. La que quería comprarla para alojar doctores residentes.
—¿Quiere reactivar la oferta?
Valeria acarició la cabeza de Martina.
—Quiero vender.
A media mañana, Lucía le mandó todo.
La escritura estaba únicamente a nombre de Valeria Morales Rivas.