3 días después de dar a luz, mi esposo cambió el código de la puerta y se fue de vacaciones con su familia, dejándome afuera con nuestra bebé recién nacida… pero olvidó un detalle: la casa era mía.

PARTE 2: A las 6:18 de la mañana siguiente, Valeria abrió su laptop sobre la cama del hotel.
Su hija, Lucía, dormía en un moisés improvisado junto a la ventana. Afuera, la ciudad comenzaba a despertar entre cláxones, puestos de café y el olor húmedo de la lluvia.
Valeria estaba pálida, cansada y con los ojos hinchados.
Pero su voz sonó firme cuando llamó a su asistente.
—Mariana, necesito que me mandes la escritura de la casa de San Ángel, el contrato de compraventa, las capitulaciones matrimoniales y el expediente fiscal.
Del otro lado hubo silencio.
—Val, ¿estás bien? ¿No acabas de salir del hospital?
—Rodrigo cambió la clave y se fue a Cancún con su mamá.
Mariana no habló durante 5 segundos.
—Dime qué necesitas.
—Contacta al grupo médico que preguntó por la propiedad en abril.
—¿El que quería convertirla en alojamiento para doctores extranjeros?
—Ese.
—Valeria… ¿vas a vender la casa?
Valeria miró a Lucía. La bebé abrió una manita diminuta y volvió a dormir.
—Sí.
Antes de las 10:00, Mariana le había mandado todo.
La escritura pública.
El certificado de libertad de gravamen.
Los pagos del predial.
Las facturas de remodelación.