Tres años después, la esposa de Joaquim murió de fiebre. Permaneció solo, con sus tierras, su dolor y una deuda de 12 contos de reis con el barón de Araújo, el hombre más poderoso de la región.
Si no pagaba antes de que acabara el año, perdería la propiedad.
Torneo del Barón de Araújo
Joaquim entonces explicó la oportunidad que podría cambiarlo todo. El barón tuvo una hija, Eduarda, de veintidós años. A diferencia de otras mujeres de su comunidad, le encantaba montar a caballo, cazar, pelear y apostar.
Cada año, organizaba un torneo en la propiedad de su padre. Luchadores de toda la región acudieron a competir: boxeo, lucha libre y otras formas de combate. El ganador ganaba 100 contos de reis.
Esta suma sería suficiente para pagar la deuda de Joaquim, restaurar la quinta y permitirle mantenerse durante años.
Pero Joaquim no sabía pelear. Era viejo, debilitado, sin verdadera suerte.
Luego le contó a Benedita lo que había visto en ella: no una mujer inútil, sino una luchadora. Una fuerza que nadie había podido comprender, porque nadie le había dado nunca la oportunidad de usarla para sí misma.
Su oferta era clara: la entrenaría en secreto para el torneo. Si ganaba, él compartiría el premio con ella. La mitad iba para él, o 50 contos, suficiente para comprar su franqueo y empezar de nuevo en otro sitio.
Benedita preguntó qué pasaría si perdía.
Joaquim respondió que perderían juntos. Perdería la quinta. Podría revenderse. Pero al menos lo habrían intentado.
No confiaba en él. Aun así, no tenía muchas otras opciones. Algo en la voz de Joaquim, un cansancio honesto y un dolor reconocible, le hizo pensar que quizá estaba diciendo la verdad.
Ella aceptó, con una simple amenaza:
“Lucho. Pero si me traicionas, te mato. “
El entrenamiento
secreto de Benedita Al día siguiente, Joaquim despertó a Benedita antes del amanecer. La llevó a un claro oculto, fuera de la vista, e improvisó un anillo con cuerdas atadas entre los árboles.
Traía sacos de arena para golpes, trozos de madera para romper y viejos libros de peleas a puñetazos que había guardado desde joven. No sabía cómo aplicar todas las técnicas él mismo, pero conocía la teoría: posiciones, movimientos, esquivas, ataques.
Benedita aprendió rápido. Su fuerza era pura, pero tenía instinto. Golpeó con la rabia acumulada de veintitrés años de violencia, cadenas, hambre y humillación.
Poco a poco, esa ira fue cambiando de forma. Dejó de ser una explosión a ciegas. Se convirtió en movimiento, precisión, una energía controlada.
Cada día, Benedita entrenaba durante cinco horas y luego volvía a trabajar en la fazenda para mantener las apariencias. Pasaron los meses. Su cuerpo se fortaleció, sus movimientos se volvieron más claros, su postura más segura.
En septiembre, tres meses antes del torneo, Joaquim decidió probarlo. Se puso delante de ella para una simulación.
Ella lo tiró al suelo en diez segundos.
Joaquim se levantó riendo, a pesar de la sangre en la boca, y le dijo que estaba lista.
El torneo de diciembre
El torneo tuvo lugar la primera semana de diciembre. La quinta del Barón de Araújo estaba decorada como si fuera para una fiesta: faroles coloridos, mesas adornadas, música en directo. En el centro, un anillo de madera atraía todas las miradas.
Eduarda de Araújo, hija del barón, observaba desde la casa principal, vestida de rojo, con la mirada viva y aguda.
Cuando Joaquim llegó con Benedita, las risas volvieron a empezar. Esta mujer comprada por casi nada iba a enfrentarse a hombres entrenados. Nadie la tomaba en serio.
Sin embargo, Joaquim pagó las tasas de registro con sus últimos céntimos.
La primera pelea enfrentó a Benedita contra un carnicero de Barra Mansa, un hombre de 120 kg con un cuello grueso y puños pesados. El público apostaba por él.
Benedita entró descalza, vestida con pantalones de lino y una camisa blanca atada a la cintura. Sin guantes, sin protección. Solo su cuerpo, su técnica y la ira de toda una vida.
El carnicero atacó. Esquivó, giró el cuerpo y le lanzó un gancho por las costillas. El sonido del hueso cediendo resonó. El hombre cayó de rodillas, incapaz de respirar.
El segundo oponente fue un capoeirista de Recôncavo, rápido, ágil y peligroso. Él la rodeó, repitiendo los barridos y patadas. Benedita la tomó, observó, buscó el ritmo.
Cuando lo encontró, avanzó como una fuerza lanzada. Un solo golpe en la barbilla es suficiente para detenerlo.
La tercera pelea fue más difícil. Su oponente, un exsoldado en la Guerra de Prata, era técnico, experimentado y cruel. La pelea duró cuatro minutos. Le rompió la nariz. Le rompió tres costillas y ganó por puntos.
En la final, el sol se estaba poniendo. Benedita sangraba y apenas se mantenía en pie, pero seguía allí.