Durante ocho meses, Daniel y Vivian habían estado usando mi nombre como escudo. Abrieron una consultora bajo mi firma, canalizaron fondos de clientes a través de ella, falsificaron aprobaciones, movieron dinero en mitad de la noche. Asumían que, como trabajaba desde casa como contable forense, pasaba los días haciendo hojas de cálculo y bebiendo té.
Se olvidaron de lo que realmente hago.
Encuentro dinero escondido.
La primera señal fue el nuevo reloj caro de Daniel. Luego el repentino proyecto de renovación de Vivian. Luego un extracto bancario que llegó a nuestra casa por error.
Después de eso, dejé de hacer preguntas.
Empecé a recopilar respuestas.
Cada factura. Cada correo falso. Cada transferencia. En cada mensaje donde Vivian me llamaba "el chivo expiatorio perfecto" y Daniel respondía: "Nunca entenderá lo que está firmando."
Lo entendí todo.
Parte 3
Cuando volví al comedor, ya habían servido el postre. Un pastel imponente estaba frente a Vivian—glaseado blanco, detalles dorados, tan dramático como sus mentiras.
"Ahí está", dijo Vivian. "Todo limpio."
Daniel sacó mi silla con una educación exagerada.
"Cuidado, cariño. Muebles peligrosos."
Risas otra vez.
Me senté.
Vivian se inclinó hacia adelante. "Daniel dice que has estado estresado últimamente. Quizá por eso eres tan... distraído. ¿Has pensado en la terapia?"
La mano de Daniel presionó la mía—una advertencia.
Le di la vuelta a la mano y apreté sus dedos.
Se estremeció.
"He pensado en muchas cosas", dije.