Pero la pregunta era cobarde.
Lo importante no era quién lo había visto.
Lo importante era que él lo había hecho.
Su celular vibró.
Por un segundo creyó que era Valeria.
Era Camila.
“Hoy fue perfecto. Me encantas cuando te olvidas de todo.”
Adrián miró el mensaje y sintió náuseas.
Marcó a Valeria. La llamada no entró. Marcó otra vez. Nada.
Le escribió: “Vale, por favor contéstame. Necesito saber dónde estás con Sofi.”
El mensaje no se entregó.
Bloqueado. Llamó a la mamá de Valeria. Bloqueado. Al hermano.
Bloqueado. A Mariana, la mejor amiga. Sin respuesta.
Entonces vio un correo nuevo. El remitente era un despacho legal de la colonia Del Valle.
Asunto: Medidas temporales de comunicación y custodia. Adrián abrió el archivo adjunto.
La solicitud era clara: Valeria pedía la guarda y custodia provisional de Sofía, pensión alimenticia, comunicación solo por abogados y visitas supervisadas para él hasta nueva audiencia.
Adrián se dejó caer en una silla.
Leyó que Valeria había documentado ausencias constantes, noches sin llegar, gastos injustificados y falta de apoyo durante el posparto. Había consultas médicas a las que él nunca fue. Mensajes ignorados. Comprobantes de que él había usado dinero de la cuenta común para comprar regalos a otra mujer.
Pero lo peor estaba en la sección marcada como “Evidencia adicional”.
Ahí estaba una captura del mensaje que Valeria le había enviado 3 semanas antes, a las 2:14 a.m.
“Adrián, necesito ayuda. No me siento bien estando sola esta noche. Sofi lleva horas llorando. Por favor ven.”
Debajo estaba su respuesta. Él la había olvidado.
Pero el papel no. “Estoy ocupado. Tú insististe en tener un bebé. Ahora aguántate.”
Adrián sintió que algo dentro de él se rompía. No recordaba haber sido tan cruel.
Pero ahí estaba.
Su número.
Su nombre.
Sus palabras.
Debajo había un resumen de consulta pediátrica de la mañana siguiente. Valeria había llevado sola a Sofía porque temía que la bebé no estuviera respirando bien. No había sido grave, pero sí había sido aterrador para una madre primeriza sin dormir, sin apoyo y con el corazón hecho pedazos.
Adrián cubrió su rostro con las manos.
Recordó a Valeria sentada en la cama, llorando en silencio para no despertar a la bebé. Recordó haberle dicho que exageraba. Recordó haber salido de la habitación porque “no soportaba tanto drama”.
La casa estaba helada. Las bolsas de Camila seguían en la entrada.
Una de ellas se había caído y el perfume rodó hasta quedar junto al tapete donde antes Valeria dejaba las pantuflas.
Entonces alguien tocó la puerta. Adrián se levantó de golpe.
Al abrir, encontró a Mariana, la mejor amiga de Valeria. Traía los ojos rojos, pero la voz firme. —Vengo por lo último de Sofía.
Adrián se apartó. —¿Dónde están?
Mariana lo miró con un desprecio tranquilo. —Lejos de ti.
—Solo quiero hablar con ella.
—No. Ya hablaste demasiado cuando ella te suplicó ayuda y tú le dijiste que se aguantara.
Adrián bajó la mirada. —Mariana, por favor…
Ella sacó una hoja doblada de su bolsa. —Valeria me pidió darte esto solo si insistías.
Adrián tomó el papel.
Era una copia de una prueba que no había visto en el sobre. Un estado médico de Valeria.
Diagnóstico: agotamiento severo, ansiedad posparto y recomendación de acompañamiento familiar constante.
La fecha era de 1 mes atrás. Adrián apenas pudo respirar.
Mariana le dijo entonces la frase que lo dejó sin fuerza: —Ella no se fue hoy, Adrián. Ella empezó a despedirse la noche en que pensó que podía hacerse daño y tú apagaste el celular.
Continuará en los comentarios