PARTE 1
—La suite imperial, flores blancas, champaña francesa y una regla: nadie puede saber que estoy aquí.
Mauricio Cárdenas deslizó su tarjeta metálica sobre el mostrador de ónix con la seguridad de un hombre acostumbrado a comprar obediencia.
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A su lado, Renata Lozano sonrió mientras recorría con la mirada el enorme vestíbulo del Hotel Imperial Villaseñor, uno de los más exclusivos de Polanco. Tenía 29 años, un vestido color marfil, tacones finísimos y un bolso que Mauricio le había regalado para celebrar sus primeros 6 meses de relación clandestina.
—¿Aquí vamos a pasar todo el fin de semana? —preguntó, maravillada.
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—Donde tú quieras —respondió él—. Cuando estás conmigo, no tienes que preocuparte por el precio.
Mauricio disfrutaba pronunciar frases así. Le encantaba que Renata lo mirara como si pudiera abrir cualquier puerta. Lo que no le había contado era que varias de esas puertas se sostenían gracias al dinero de su esposa.
Esa mañana había salido de su residencia en Bosques de las Lomas con una maleta pequeña.
Su esposa, Lucía Villaseñor, estaba sentada en el desayunador revisando documentos. Vestía pantalón negro, una blusa sencilla y llevaba el cabello recogido.
—Tengo una reunión con inversionistas en Guadalajara —mintió Mauricio—. Volveré el lunes.
Lucía levantó la vista.
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—¿En Guadalajara?
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—Sí. Cerramos un proyecto grande.
—Entiendo.
Mauricio se inclinó para besarle la frente.
—No te quedes despierta esperándome.
—Hace mucho que dejé de hacerlo.
Él no prestó atención.
Después de 12 años de matrimonio, Mauricio consideraba a Lucía una mujer predecible. Correcta en público, silenciosa en casa y demasiado sentimental cuando se trataba del legado familiar.
El padre de Lucía, don Ernesto Villaseñor, había comenzado con una pequeña posada cerca del centro de Puebla. Décadas después, convirtió aquel negocio en una cadena de hoteles reconocida en todo México.
Cuando murió, Mauricio convenció a Lucía de que ella no podría administrar sola.
—Tienes buen corazón, pero los negocios requieren dureza —le repetía—. Déjame encargarme de las finanzas.
Lucía le creyó durante años.
Le dio acceso a cuentas, juntas, contratos y bancos.
Hasta que descubrió que Mauricio no estaba protegiendo el patrimonio.
Lo estaba vaciando.
A las 4:25 de la tarde, el recepcionista del Hotel Imperial Villaseñor revisó la reservación.
—Bienvenido, señor Cárdenas. La suite está preparada.
—Quiero también la mejor mesa del restaurante para mañana —ordenó Mauricio—. A las 8 de la noche.
—¿La reservación estará a su nombre?
—Por supuesto.
El joven escribió algo en la computadora. Su gafete decía “Emiliano”.
Mauricio no vio cómo los dedos del recepcionista se detuvieron un instante. Tampoco observó el retrato de don Ernesto Villaseñor al fondo del vestíbulo ni el monograma plateado con las letras EV sobre los elevadores.
Entró abrazando a Renata, demasiado ocupado sintiéndose importante.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron, Emiliano tomó el teléfono interno.
—Señor Robles, ya llegó.
En el piso administrativo, el director del hotel recibió el aviso.
—¿Con ella?
—Sí. Pidió la suite imperial y reservó la mesa 8.
—No cambies nada. La señora Villaseñor quiere que reciba exactamente lo que pidió.
Tres niveles abajo, Lucía estaba reunida con Emilia Santacruz, la abogada que había trabajado con su padre durante más de 25 años.
Sobre la mesa había estados de cuenta, copias de contratos, audios, correos electrónicos y documentos con firmas falsificadas.
—Llegó con Renata Lozano —informó Emilia—. Ella trabaja como coordinadora en la empresa de Mauricio.
Lucía cerró los ojos por unos segundos.
Sabía de la aventura desde hacía 4 meses. Había leído mensajes, visto fotografías y escuchado llamadas. Sin embargo, una parte de ella todavía esperaba que Mauricio eligiera cualquier otro lugar.
Pero había llevado a su amante precisamente al hotel que pertenecía a la familia de su esposa.
—Pudo reservar en cualquier parte —murmuró Lucía.
—Tal vez no sabe que recuperaste el control total de la cadena.
—Nunca se molestó en preguntar. Para él, todo lo mío era un adorno.
Durante 16 meses, Lucía había reunido pruebas en silencio. Descubrió créditos solicitados usando propiedades familiares, transferencias a empresas fantasma y una deuda personal garantizada con un terreno que había pertenecido a su padre.
La firma de Lucía aparecía en los documentos.
Ella nunca los había firmado.
—Las cuentas principales ya están protegidas —explicó Emilia—. La demanda de divorcio está preparada. También tenemos lista la denuncia por falsificación y administración fraudulenta.
—¿Y su empresa?
—El consejo recibirá el informe el lunes. Su relación con una subordinada será el menor de sus problemas.
Lucía observó la ciudad a través del ventanal.
—Mañana cenará en la mesa 8.
—Así es.
—Entonces mañana recupero mi nombre.
Esa noche, Mauricio pidió langosta, caviar, champaña y fresas cubiertas de oro comestible. Mientras cenaban en la suite, habló de Lucía como si fuera una mujer incapaz de tomar una decisión sin consultarlo.
—¿Ella nunca revisa tus movimientos? —preguntó Renata.
Mauricio rio.
—Lucía no entiende ni la mitad de los documentos que firma.
Renata levantó su copa, pero enseguida miró una tarjeta colocada junto a las flores.
“En el Imperial Villaseñor deseamos que cada huésped recuerde quién le abrió las puertas.”
—Qué frase tan extraña —comentó.
Mauricio arrugó la tarjeta y la arrojó a la basura.
Sin embargo, por primera vez desde que había entrado, sintió una presión incómoda en el pecho.
Al día siguiente bajaría al restaurante creyendo que todavía controlaba su vida.
No sabía que todo el personal conocía su mentira.
No sabía que su esposa conservaba las grabaciones de cada fraude.
Y no sabía que, a las 8:10 de la noche, Lucía entraría por la puerta principal para demostrarle que había llevado a su amante al peor lugar posible.
Nadie podía imaginar lo que estaba a punto de ocurrir…
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