—Y hoy invitaste a una mujer para humillarla por diversión.
—¡Todo lo hice por nuestra familia!
—No, mamá. Lo hiciste para sostener la imagen que inventaste.
La frase dolió más que los documentos.
Don Aurelio anunció que su grupo suspendería cualquier negociación con las empresas implicadas hasta que cada peso fuera aclarado.
Otros empresarios hicieron lo mismo.
En pocos minutos, el poder social de Isabela comenzó a derrumbarse entre mensajes de WhatsApp, llamadas apresuradas y personas que evitaban aparecer cerca de ella.
Isabela miró a sus invitados con desesperación.
—¿Ahora todos van a juzgarme? La mitad de ustedes ha hecho cosas peores.
Nadie respondió.
Tal vez porque no era mentira.
Tal vez porque nadie quería hundirse junto a ella.
Entonces Isabela se volvió hacia Valentina.
—¿Qué quieres? ¿Que me arrodille? ¿Una disculpa frente a todos?
Valentina negó con la cabeza.
—No quiero una disculpa nacida del miedo.
—¿Entonces qué demonios quieres?
—Que mañana recuerde a cada persona que hizo sentir pequeña. A Teresa, que le sirve el café y mantiene sola a 2 hijos. A Julián, el jardinero al que culpa cuando está de mal humor.
Valentina señaló hacia la entrada.
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