En el funeral de mi padre, apenas habían echado la primera palada de tierra sobre el ataúd cuando el sepulturero me tomó del brazo y susurró: “Tu padre me pagó para enterrar una caja vacía.” Me quedé helado. Antes de que pudiera responder, me puso una llave de bronce en la mano. Tenía el número 17 grabado. “No vuelvas a casa”, dijo. “No importa quién te llame. Ve ahora mismo a la bodega 17, sobre la carretera federal.” Entonces mi celular vibró. Era un mensaje de mi madre: Ven a casa solo.