La cuidadora se acercó a Renata. Emilio contuvo el aliento, aguzando el oído a través del altavoz del teléfono. Luz no le habló a la niña con la voz profesional y cortante que usaba en su presencia. Su rostro mudó a una expresión de profunda seriedad, casi de urgencia. Se arrodilló frente a la silla de ruedas y tomó las manos de Renata entre las suyas. Fue en ese momento cuando Emilio notó que Luz comenzaba a realizar una serie de movimientos rítmicos y repetitivos con los brazos de la pequeña, extendiéndolos y flexionándolos con una firmeza que bordeaba el límite del esfuerzo físico. Renata no lloraba; al contrario, sus ojos brillaban con una intensidad que Emilio no había visto en años.
Emilio observó la pantalla sin pestañear. Luz se levantó, caminó hacia el pasillo y regresó con una pequeña pelota de goma blanda. Colocó el objeto en la falda de Renata y, con una paciencia infinita, guio la mano derecha de la niña hacia él. Lo que ocurrió a continuación hizo que a Emilio se le helara la sangre y, al mismo tiempo, el corazón le diera un vuelco violento. Renata, cuya musculatura los médicos habían diagnosticado como severamente comprometida y casi incapaz de responder a estímulos voluntarios, cerró los dedos alrededor de la pelota. Fue un movimiento torpe, tembloroso, que requirió un esfuerzo sobrehumano, pero lo hizo. La marca rojiza que Emilio había visto la noche anterior en el antebrazo de la niña no era el resultado de un golpe o un descuido; era la huella del esfuerzo, la presión de la terapia intensa y clandestina que Luz estaba llevando a cabo.
El video continuaba mostrando una faceta de Luz que Emilio jamás imaginó. La mujer no estaba descuidando a su hija; estaba ignorando por completo los protocolos pasivos que los terapeutas anteriores habían impuesto como definitivos. Luz creía en el potencial de Renata mucho más de lo que el propio Emilio se atrevía a admitir. La canción bajita que Emilio había escuchado la noche anterior volvió a sonar a través del altavoz del teléfono. No era una simple melodía de cuna; era una canción de conteo, un metrónomo musical que Luz utilizaba para que Renata coordinara sus movimientos respiratorios con los ejercicios de estimulación motriz.