—Señora Thorne, la razón por la que quería hablar con usted a solas es porque la situación de Maya es extremadamente delicada y requerirá una intervención inmediata —comenzó el doctor Lawson, midiendo cada una de sus palabras con una gravedad clínica—. Lo que estamos viendo aquí no es una apendicitis ni un virus estomacal. Maya tiene una masa tumoral de gran tamaño alojada cerca del retroperitoneo. Está presionando directamente su estómago y los principales vasos sanguíneos, lo que explica el dolor agudo, el agotamiento extremo y la pérdida drástica de peso que ha experimentado estas semanas.
El suelo pareció desaparecer bajo mis pies. Una oleada de frío me subió por el estómago hasta congelarme la garganta. Intenté asimilar la información, pero las palabras "masa tumoral" rebotaban en mi mente sin llegar a cobrar un sentido real. ¿Cómo era posible? Mi pequeña, la niña que corría detrás de un balón de fútbol hasta quedar sin aliento, tenía algo creciendo en su interior mientras su padre y yo discutíamos por el dinero de las consultas médicas. El remordimiento me golpeó con la fuerza de un mazo. Si hubiera escuchado a Robert, si hubiera esperado una semana más, tal vez...
—¿Es... es curable? —conseguí articular, con una voz que ni siquiera reconocí como la mía. Mis manos, entrelazadas con tanta fuerza que los dedos me dolían, temblaban sin control sobre mis rodillas.
—Necesitamos realizar una biopsia de urgencia para determinar la naturaleza exacta de las células, pero el primer paso crucial es estabilizarla e ingresarla en la planta de oncología pediátrica esta misma tarde —respondió el médico, mirándome fijamente—. El verdadero problema es que la masa ha crecido a un ritmo alarmante. Si hubieran tardado unos días más en traerla, la compresión de los vasos principales habría provocado un colapso sistémico generalizado. Ha hecho bien en no hacer caso a los analgésicos comunes y traerla hoy. Su instinto salvó la vida de su hija, señora Thorne.
Esas últimas palabras se clavaron en mi mente como una dolorosa ironía. Mi instinto se había enfrentado a la fría indiferencia del hombre con el que compartía mi vida. Mientras el doctor Lawson comenzaba a rellenar los formularios oficiales de ingreso hospitalario y coordinaba telefónicamente el traslado interno, mi mente se desvió inevitablemente hacia Robert. En pocas horas él regresaría a casa del trabajo, encontraría la cocina vacía y descubriría que lo había desobedecido. ¿Cómo iba a reaccionar ante una noticia de esta magnitud un hombre que prefería convencerse de que su propia hija fingía un dolor insoportable para no descuadrar los ahorros familiares?