Marisol no se movió.
Lucía dormía en un rebozo color crema, pegada a su pecho, ajena al lujo, a las cámaras y a los murmullos de la gente rica que una vez le sonrió a su madre por conveniencia.
—Cuidado con lo que dices, Teresa —dijo Marisol con calma—. Hoy todo se está grabando.
Rodrigo se acercó, fingiendo preocupación, pero su voz salió como veneno.
—No hagas esto aquí. Ya perdiste suficiente.
—No —respondió ella—. Aquí fue donde tú decidiste celebrar lo que creíste que me habías quitado.
Pamela recuperó el color de golpe.
—Esto es ridículo. Rodrigo, llama a la policía. Esa mujer abandonó a su bebé.
Antes de que Rodrigo hablara, una voz masculina se escuchó desde la entrada.
—Eso es falso.
El comandante Julián Ortega entró a la carpa con 2 agentes de la Fiscalía. Detrás de él caminaba la licenciada Valeria Bustamante, abogada de Marisol, impecable en traje negro, con una carpeta gruesa bajo el brazo.
Los murmullos crecieron.
El padre de Pamela se levantó de la primera fila.
—¿Qué está pasando?
Valeria miró a Rodrigo.
—Está pasando que su yerno intentó construir una boda sobre un expediente criminal.
Rodrigo soltó una risa seca.
—Esto es una locura. Marisol está manipulando a todos.
Marisol sacó su celular.
La pantalla gigante detrás del altar, donde antes pasaban fotos de Rodrigo y Pamela en Tulum, cambió de imagen.
Apareció una conversación.
“Si la sacas esta noche, parecerá que huyó.”
“Con el frío, nadie va a pensar que fuiste tú.”
“Cuando la declaren inestable, te quedas con la niña y con sus acciones.”
Pamela cubrió su boca con la mano.
Doña Teresa palideció.
Rodrigo dio un paso hacia la pantalla, pero un agente se interpuso.
—Eso es falso —escupió Rodrigo—. Está editado.
Valeria abrió la carpeta.
—Los mensajes fueron recuperados de una tableta sincronizada con la cuenta corporativa de Rodrigo Salvatierra. También tenemos videos del pasillo de la cabaña, la llamada de emergencia de don Chuy, el reporte médico de hipotermia de Marisol y Lucía, y una solicitud de custodia con firma falsificada.
Un silencio pesado cayó sobre la carpa.
Pamela miró a Rodrigo, pero no con amor. Lo miró con miedo.
—Tú me dijiste que ella se había ido sola.
Marisol la observó.
—No finjas, Pamela. Tú escribiste la frase.
Volvió a tocar la pantalla.
Apareció otro mensaje.
“Ella siempre sobrevive. Usa eso a tu favor.”
Pamela retrocedió como si la frase le hubiera explotado en la cara.
Doña Teresa intentó intervenir.
—Mi hijo no necesita robarle nada a nadie.
Valeria sonrió apenas.
—Entonces hablemos de dinero.
Dos hombres de traje, sentados cerca de la mesa de postres, se pusieron de pie. No eran invitados. Eran investigadores federales.
Rodrigo los reconoció demasiado tarde.
Valeria continuó:
—Además del intento de abandono y la falsificación, encontramos transferencias de fondos de Salvatierra Biotech a cuentas fantasma a nombre de Pamela Alcocer y de una sociedad creada por doña Teresa.
El padre de Pamela se quitó los lentes lentamente.
—¿Cuentas a nombre de mi hija?
Pamela susurró:
—Rodrigo…
Pero Rodrigo ya no miraba a nadie. Solo miraba a Marisol, y por primera vez en su vida, no parecía poderoso.
Parecía acorralado.
El comandante Ortega sacó unas esposas.
Y la boda perfecta se convirtió en el lugar donde todos descubrieron la verdad que Rodrigo había enterrado bajo la nieve.
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